Históricamente, el aval bancario era la herramienta estrella para garantizar el cobro del alquiler. Sin embargo, las nuevas normativas y la agilidad digital han hecho que el seguro de impago gane la partida. Mientras el aval solo cubre una cantidad de dinero estática, el seguro ofrece un ecosistema de protección mucho más amplio tanto para el dueño como para la vivienda.

Menos barreras de entrada para el inquilino.

El aval bancario tradicional obliga al inquilino a «congelar» una cantidad importante de dinero (normalmente entre 3 y 6 meses de renta) en una cuenta bloqueada. Esto supone una barrera enorme que ahuyenta a buenos perfiles. En cambio, el seguro de impago tiene un coste anual que suele rondar el 4% o 5% de la renta anual, lo que facilita la firma del contrato sin que el inquilino pierda su liquidez, pero manteniendo al propietario totalmente protegido.

Abogados y procuradores incluidos en la póliza.

Si un inquilino deja de pagar y tienes un aval bancario, el banco te dará el dinero, pero tú tendrás que buscarte un abogado, pagar un procurador y gestionar toda la demanda de desahucio por tu cuenta. Con el seguro de impago, la póliza incluye la defensa jurídica integral. La aseguradora pone a sus propios abogados especializados para recuperar la vivienda, ahorrándote miles de euros en costas judiciales y gestiones administrativas.

Cobertura específica contra actos vandálicos.

Un aval bancario solo cubre dinero. Si al recuperar la vivienda te encuentras con paredes destrozadas, robos de electrodomésticos o pintadas, el aval no te servirá de mucho. Las pólizas de impago de calidad incluyen una cobertura de actos vandálicos que suele oscilar entre los 3.000€ y los 6.000€, permitiéndote reparar los daños y volver a poner la vivienda en el mercado sin que suponga una ruina económica.